Statement

La producción de Michel Chailloux se inscribe en esa voluntad, que prevalece en un sector de los artistas emergentes de la plástica cubana de los últimos dos o tres años, de continuar desarrollando y amplificando la práctica del paisaje. Su obra refleja, con bastante claridad, algunos de los presupuestos defendidos por esos jóvenes que han hecho suyos los artificios del género, de manera permanente o coyuntural. No sería exagerado afirmar que –según las evidencias de evolución que hoy demuestran sus obras- Chailloux podría alcanzar en un corto periodo de tiempo un nivel de protagonismo dentro de ese grupo generacional.

Sus cuadros intentan a toda costa un distanciamiento de aquellos criterios anquilosados, retóricos, conque se ha venido fomentando el sentido de lo autóctono, de lo insular, en una parte de la visualidad pictórica cubana. Corroboran una inserción abierta, desprejuiciada, de figuras, símbolos y códigos del acervo histórico foráneo, vertiente que comparte con otros artistas y que en varias oportunidades he señalado como uno de los caminos singulares e innovadores dentro de la paisajística cubana actual.

Para llevar a cabo una decodificación e interpretación de las pinturas expresionistas de Chailloux realizada para este proyecto expositivo, hay que tener en cuenta tres aspectos. El primero es la extrañeza de los paisajes construidos, la ambigüedad de sus planos y perspectivas, la indeterminación de su ontología física, ambiental, y la dislocación de los referentes temporales. Aspectos que me atrevería a decir que guardan, incluso, una relación estrecha con las propias metódicas relacionales y compositivas del artista. El segundo es la impresión pétrea, monolítica, conque el artista ha elaborado las figuras que aparecen dentro de la escena (no más de dos casi siempre), y cuya morfología alterna entre la condición humana y animal. El tercer aspecto es el anacronismo, la dicotomía entre las distintas actitudes y dinámicas que insinúan los sujetos representados en la escena.

Todo ello conduce hacia la implementación de una metáfora visual que tiene, como núcleo de su aprovisionamiento, el absurdo, lo paradójico de la realidad en la que se desenvuelve el artista, realidad atravesada también por asociaciones culturales e ideológicas anárquicas, por disyuntivas y dilemas tangibles e intangibles, corpóreos y espirituales, realidad en la que el impulso, la voluntad de acción, parecen recibir los efectos de un supuesto “maleficio”.

David Mateo